sábado, 21 de diciembre de 2013

Hoy, cuento: La llamada

Al fin hemos llegado. 

Después de un momento de gran tensión y desesperación, al final nos hemos podido plantar delante de la puerta tras la cual tenemos el objetivo que esperamos... ¡deseamos! poder alcanzar en breves momentos. Ha sido un duro trabajo de investigación, de estirar muchos hilos, horas de congoja y sufrimiento, entrega y compañerismo, hasta llegar a este punto de no retorno.

Desde hace ya demasiado tiempo, nuestro equipo estaba preparado para entrar en acción en cualquier momento y proceder al asalto de aquella habitación donde se encontraba inmovilizado. Habían sido muchas las esperanzas depositadas por todo el mundo, tanto amigos como familiares, pero diversas falsas alarmas que produjeron sendas decepciones nos habían enfriado el ánimo. Dejamos la mente en blanco y esperamos pacientemente a que nuestros mandos hicieran los trámites requeridos y nos hicieran la llamada con la dirección y la autorización. Estábamos preparados física y psicológicamente para salir victoriosos de la operación.

Y la llamada, llegó.

De repente, la adrenalina de nuestros cuerpos se disparó alcanzando niveles nunca alcanzados antes. El peso de la responsabilidad y saber que estábamos perfectamente preparados para, con nuestras armas, llegar a nuestro objetivo, nos hacía volar con los pies en tierra. Mucha gente dependía de nosotros y la angustia se acumulaba al ritmo de los segunderos de los relojes. Nuestros corazones latían vertiginosamente.

En silencio, para no despertar sospechas entre el vecindario, llegamos a la dirección indicada por nuestros jefes. Toda precaución era poca, ya que si, en el último momento, algo saliera mal toda la misión se echaría al traste. Cientos de horas de trabajo y de ilusiones se perderían como se escapa el agua entre los dedos, y no estábamos dispuestos a fracasar. No. Hoy, no.

Subimos a toda velocidad, pero con un silencio felino, las escaleras de aquel oscuro y desvencijado edificio de oficinas vacías y pequeños talleres de actividades más que sospechosas. El hecho de tener que subir a un quinto piso sin ascensor nos hizo perder el aliento por momentos, pero, aún así, mantuvimos la calma y no dejamos que el negro caballo de los nervios desenfrenados se antepusiera al caballo blanco de la sensatez.

Una vez ante la maldita puerta que teníamos que atravesar, y en vistas de que nadie había advertido nuestra presencia, en silencio, los cinco valientes nos distribuimos por el descansillo con el fin de entrar en tropel y tomar a los ocupantes del piso por sorpresa. Sin embargo, cuando estábamos a punto de derribar la puerta con la fuerza de un ariete, la puerta se ha abierto, lo cual ha pintado calva  la ocasión. ¡Adentro! ¡Adentro! ¡Rápido!

A grito pelado hemos entrado en la estancia y tras unos breves momentos de caos que han dejado desconcertados a los que allí dentro estaban, hemos dado con nuestro objetivo. Estaba allí, en la silla, atado al respaldo para evitar que "volara"...

¡¡¡El jamón!!!

Todo un año esperando el lote de Navidad de la empresa... ¡al final ha valido la pena!

¡Felices Fiestas!

¡Adentro! ¡Adentro! ¡Rápido!

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