domingo, 22 de septiembre de 2013

Hoy, cuento: La zapatilla

Buff! Hoy he salido tardísimo del trabajo. Se me han acumulado un montón de tareas de última hora y he salido pasadas la una de la mañana. Si tenemos en cuenta que tendría que haber salido a las 9 de la noche, uno se puede hacer una idea de la magnitud de la tragedia en cuanto al desfase horario de salida. Un desfase horario que, encima, me van a pagar con un par de besitos, porque no voy a ver un duro por ellos... mira, uno se ve que tiene la cara de tonto. ¡Huy! ¡Y aún gracias! 

Cuando he llegado al parking de la empresa, me he dado cuenta que algún hijo de p...olítico, no había tenido mejor idea que robarme el volante de mi flamante Volkswagen Escarabajo del año 71. Podía haberse llevado cualquier cosa..., un tapacubos, un espejo, un faro, pero no... el muy cachondo se ha llevado el volante. ¡Olé el I+D en el arte de joder al prójimo!

Por suerte de mi buen amigo Jairo, que ha entrado en el turno de noche, y me ha dejado su coche para que pudiera volver a casa. Como hará más horas que un reloj, cuando venga mañana con su coche y un volante nuevo para el mío, no hay más problema. El único inconveniente ese gremlin de plástico que cuelga de su retrovisor interior que, la verdad, me da un poco de grima. En fin, cuando quiera llegar a casa, Cristina, mi mujer, ya hará horas que estará durmiendo.

Efectivamente, cuando he llegado a casa ya estaba todo apagado y ella estaba durmiendo a la patalallana como un lirón al que le ha picado una mosca tse-tse. Sea como sea, he entrado con todo el cuidado del mundo ya que tiene unos despertares que dan miedo y -llámenme precavido- mejor no despertar a la fiera. Eso sí, antes de irse a dormir ha tenido la deferencia de dejarme la cena (fría, evidentemente) encima de la mesa. En eso he de reconocer que es un solete.

He empezado a cenar en el más absoluto silencio y alumbrado con la luz de mi móvil para molestar lo menos posible. El gran problema es que cenar con unas botas de caña alta y de charol rojo, convendrán conmigo que no es lo más cómodo ni relajado, por lo que he decidido cambiarme el calzado que llevaba por algo más descansado. Ni corto ni perezoso he ido a la habitación donde dormimos a buscar mis cómodas pantuflas de piel de borreguillo rosa, con tan mala suerte que al entrar a oscuras he chutado una de ellas y ha ido a parar a la parte más inaccesible de debajo de la cama. Me he acordado hasta de la lista de los reyes godos.

Total, que me ha tocado meterme a rastras debajo de la cama a buscarla y cuando ya estaba a punto de echar mano a la, todo sea el decirlo, mona zapatilla he sentido un estruendo que venía del comedor. El móvil, en precario equilibrio encima de la botella del agua para iluminarme, había caído encima de un plato y había hecho saltar los cubiertos hasta la otra punta de la habitación. He oído que mi mujer se removía encima de mi cabeza, encendía las luces rápidamente y se dirigía al comedor. Yo, por si acaso, he decidido quedarme debajo de la cama. Continúenme llamando precavido.

Desde mi -a priori- segura posición, he visto como sus pies se alejaban del dormitorio y encendían la luz del comedor. ¡Horror! Seguro que habrá visto el pétreo pollo a la plancha que me esperaba de segundo plato de cena y, con el hambre que tiene siempre, fijo que no podrá evitar el meterle un buen bocado. No he tardado un segundo en escuchar como devoraba con ansia la pata de pollo...¡nooo! ¡que te va a sentar mal!

En un momento he escuchado un estremecimiento y un resoplido muy feo que me ha hecho tapar los oídos del miedo que me ha dado (¡no! ¡otra vez, no!). Una vez pasado este primer susto, he escuchado un gruñido y un resuello que tampoco presagiaba nada bueno. Yo, de mientras, bajo la cama, pensaba que calladito estaba más guapo y que no moverme me salvaría de que mi mujer me comiera vivo. Con un poco de suerte, volvería a la cama a dormirse y mañana ya no se acordaría de nada... ¡Uf!

Mi lisa melena azul se me ha rizado de golpe cuando, al derramársele encima el vaso de agua a rebosar que yo tenía preparado encima de la mesa, Cristina ha proferido un grito infrahumano que ha roto el nocturno silencio de la ciudad. Un murmullo de multitud se ha sentido en el comedor y créanme si les digo que mis flatulencias pesaban más de lo habitual. Mucho más. ¡Infinitamente más!

De repente, un estruendo de cuerpos corriendo arriba y abajo me ha confirmado en mi posición... es decir, que no moverme de debajo de la cama era mi mejor opción. De golpe he visto toda una serie de miradas asesinas y fauces entreabiertas que me miraban por debajo de la cama. Un sudor frío como el nitrógeno líquido me ha empapado todo el cuerpo.

-¿Paco? ¡Paco! ¿Porqué me has despertado, Paco?

Me acordé hasta de la lista de los reyes godos



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