domingo, 26 de enero de 2014

Hoy, cuento: El suéter

¡Brrr! ¡Qué fresquito! Era sábado y me acababa de despertar, y el frío que notaba en la cara, me hizo repensarme unas veinte veces la conveniencia o no de ir a visitar la feria anual que se organizaba en mi población. Había quedado con mis amigos más bien tarde, aunque sabía perfectamente que no se podría dar un paso de la gente que se iba a dar cita en el centro de la ciudad. Pero era sábado y lo que menos nos apetecía a todos era madrugar.

Al final hice el esfuerzo y salí de la cama, no sin añoranza de lo que me dejaba atrás. Me levanté, hice mis primeras manifestaciones de actividad del día y me espabilé de golpe con el agua fría sobre mi cara, que más que golpe, me supuso un soberbio mazazo despertador. Aún sin sentirme la cara por el frío, empecé a vestirme, ya se me hacía tarde. Los pantalones, los zapatos, la camiseta, y como aún tenía fresco, me puse un suéter de cuello alto de color negro bastante elegante. Metí las manos, la cabeza, y cuando mi generosa inteligencia acabó atravesando el gran túnel que suponía el largo cuello del suéter, no pude, por menos, que quedar petrificado.

Estaba en una fría plaza pública que no reconocía de nada, y que difícilmente podía ubicar en algún sitio conocido. Un gentío enorme me rodeaba y, mirándome, carcajeaba con toda la fuerza de sus pulmones; unos pulmones que lanzaban hacia mi persona una espeluznante y atroz carcajada.

Me habían hecho un corrillo inmenso y estaba en el helado centro de la soledad más absoluta y de la crueldad más despiadada. Nadie hacía nada, solo me miraban y reían y reían. Reían la risa del desprecio, la risa del odio, la risa de la muerte. El frío y el miedo me llegaban al tuétano y quise huir de aquel espectáculo kafkiano. Necesitaba huir.¡Debía huir! La gente abrió el corro sin parar de carcajearse y me alejé de allí lo más rápidamente que dieron mis piernas y la intensa muchedumbre reidora. Pero sólo podía huir.

Por allí por donde pasaba, todo el mundo se reía de mí. Aquí, allá... cien metros más adelante, doscientos metros, quinientos metros... ¿¿Qué hago aquí?? ¿¿Cómo he llegado?? ¡¿Qué le había hecho yo a esa gente que no conocía?! ¡¡¡¿Porqué se ríen?!!!

En mi desesperación cogía a la gente de la pechera y le preguntaba violentamente, pero no paraban de reír y reír. Ni una palabra, solo la carcajada cruel y exagerada. Caí de rodillas en medio del gentío llorando de pánico e impotencia implorando a la gente un simple... ¿Porqué?.

Fue entonces cuando caí en la cuenta de que había sido a raíz de ponerme el suéter que todo esto me estaba pasando. Decidí quitarme con la máxima rapidez el suéter, el cual, sin duda, debía haber tejido el mismísimo Diablo. Estiré con toda la fuerza de mis brazos hacia arriba y cuando volvió a atravesar mi cabeza el largo tubo del cuello, el decorado fue aún más escalofriante si cabe.

Estaba en medio de mi conocida y familiar Plaza Mayor, arrodillado, sucio y lloroso, rodeado por un inmenso gentío que había formado un corro a mi alrededor. Eran mis vecinos, mis conocidos, mis amigos.

Reían.

¡¡¡¿Porqué?!!!

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