miércoles, 3 de julio de 2013

Hoy, cuento: La ilusión

Todas las mañanas el mismo camino. Un día tras otro, la misma hora, los mismos coches, las mismas caras desconocidas, la misma cola. Eran las nueve de la mañana de un viernes y estaba atascado en una de las formidables colas que se generan, nadie sabe porqué, en la autopista de entrada a la ciudad. Hoy la situación era aún peor si cabe, ya que los coches estábamos atrapados en la ratonera en que se convierte la muy segura y cómoda vía de acceso cuando se encuentra colapsada por los automóviles.

Avanzábamos poco a poco por el mar de coches cuando, de repente, una avispa se metió dentro del habitáculo. El miedo atroz a este tipo de insectos, me hizo reaccionar violentamente a golpes de trapo contra el pequeño intruso el cual, posiblemente, hubiese salido por sus propios medios de no haber actuado yo de forma tan inconsciente. Estaba tan atemorizado que tenía que matarla.

En uno de los exagerados movimientos de caza golpeé sin darme cuenta el volante y, a pesar de la baja velocidad que llevábamos, el coche se descontroló y cambió de carril. El hecho de que el vehículo fuera equipado con dirección asistida, junto con el fuerte golpe al volante, me impidió una rápida rectificación y me abalancé contra el coche que se encontraba a mi lado.

El impacto se auguraba de órdago, pero insospechadamente me encontré circulando correctamente por el carril al cual me había cambiado, y con el automóvil al que iba a embestir en mi posición original.

¿Qué había pasado aquí? Nada me impedía haberme dado el gran golpe, pero no me lo había dado y, por si fuera poco, el coche de al lado se había movido de sitio mágicamente a la posición que había dejado yo. Quedé estupefacto. No sabía darle una razón lógica al asunto y no podía entenderlo. A todo esto, seguíamos avanzando a paso lento y la avispa, tan sana como cuando entró, aprovechó el momento para huir por la ventana.

En un momento de locura, pisé el acelerador con todas mis fuerzas dispuesto a empotrarme contra el vehículo de delante. Efectivamente, no pasó absolutamente nada: yo pasé a su sitio y él pasó al mío. Algo que no acertaba yo a comprender hacía que todos mis “compañeros” de atasco fuesen virtuales, una especie de hologramas perfectos que representaban a otros coches en mi misma situación. Ello significaba entonces que no había nadie en aquella ancha autopista más que yo. Quien fuera que estaba haciendo esto, sabía que en una situación así no iba a permitir que mi coche tocara el delante y, ni mucho menos, los de los lados. Su jugada era segura, pero no pudo contar con mi miedo a las avispas. El porqué de esta mentira, lo ignoraba completamente.

Aumenté la velocidad y fui atravesando los coches uno tras otro cual fantasma atraviesa los muros, pero no sólo atravesaba turismos, sino pesadas grúas, autobuses, camiones, motos, en definitiva, de todo. Iba sólo y podía correr todo lo que me viniera en gana y cambiar de carril cuando me apeteciera. Los otros automóviles sencillamente no existían e iban ocupando los sitios que yo dejaba libre. Para colmo, frené y di marcha atrás; nadie me impedía la maniobra, pero un roce en la puerta con un guardarrailes me hizo ver que éstos sí eran reales. La carretera existía, pero los que lo ocupaban no. ¿Qué juego era éste?

Abandoné la autopista en la salida más cercana, alcanzándola en unos pocos instantes a pesar del intenso tráfico que asemejaba haber delante de mí..

Me incorporé a una carretera secundaria atestada de vehículos virtuales y anduve muchos kilómetros sólo en medio de una falsa vorágine de tráfico. Para comprobarme a mí mismo de la veracidad de lo que estaba viviendo, paré mi coche en medio de la carretera y bajé. Era increíble. Yo no estaba loco y no estaba sufriendo una alucinación, puesto que mi coche sí existía y yo estaba en medio de la calzada, sentado, viendo como pasaban tractores y furgonetas por encima de mí, sin sentir lo más mínimo. No lo entendía, pero a alguien o a algo le interesaba tenerme engañado pintándome una realidad ante mis ojos que no tenía nada que ver con la que verdaderamente existía.

Una súbita presión, seguida de un golpe de calor, me propulsó fuera de la calzada y me estampó contra unos arbustos de la cuneta. Dolorido me incorporé y vi lo que había pasado: un trailer a toda velocidad había impactado contra mi automóvil, provocando una explosión y una onda expansiva que me envió unos cuantos metros más allá. El conductor del trailer no había sufrido daños de consideración, pero mi coche quedó destrozado.

El angustiado camionero, me comentó que había tenido mi misma experiencia, pero él se había dado cuenta al dormirse un momento al volante. El exceso de confianza en lo que sucedía hizo el resto.

No encontramos explicación plausible a todo lo sucedido pero ninguno de los dos volvimos a tentar a la suerte. Tras nuestra vivencia, tenemos la certeza de que los vehículos que nos rodean, esos vehículos que nos frenan allá donde vayamos, son una farsa, pero...

¿Quién pone su vida en riesgo para descubrirlo? 

¿Qué había pasado aquí?

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